Foto: Israel Gutiérrez

Por Cha Carballo

Las personas indígenas sembramos nuestro propio alimento: frijol, chile, tomate criollo, ajonjolí y lo más importante, el maíz. El maíz representa la abundancia; si hay maíz no pasaremos hambre porque hay alegría y no hay tristeza. Comenzamos la siembra de maíz de temporada entre el 2 y el 3 de mayo (el día de la Santa Cruz) al 13 de junio, para esas fechas ya inician las lluvias. Sembrar maíz no sólo se reduce a la siembra, a la cosecha y al procesamiento; antes se prepara la tierra escardando con azadón y machete; se le pide permiso a la tierra con una ofrenda a cambio de una buena cosecha. La ofrenda consiste en un tlaixpiktli (cubrir a la tierra con amor) que es un tamal relleno con un pollo completo, cuatro huevos y salsa roja, todo se cubre con masa de maíz y se envuelve en hojas de plátano. Los cuatro huevos representan los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos.

            Se espera el 2 o el 3 de mayo para echar el morral al hombro con las semillas de maíz y, puntal en mano, se comienza la siembra. ¡Así siembra el huasteco!Generalmente, ese día llueve: augurio y esperanza de que será una siembra próspera. A los 90 días tenemos los primeros elotes que motivan la siguiente ofrenda. La ofrenda del elote, elotlamaniliztli en náhuatl, se realiza en agradecimiento por la cosecha.

Alguien dice: ¡ya hay elotes!

Otro dice: ¡pues vamos por los elotes!

            Unos traen cuatro elotes con tallo para colocar en el altar y otros traen la primera cosecha de elotes que es recibida por un par de niños (niña y niño); mientras, las mujeres ya han preparado un caldo de pollo especial para el altar y otro para los asistentes. El caldo para el altar se sirve en un molcajete y del pollo sólo se pone la cabeza, el hígado, el corazón, las mollejas y las patas. Todos lo elotes se adornan con una flor en la punta y se colocan en el altar. Se colocan también las herramientas que sirvieron para la siembra y la cosecha (como el azadón, el machete, la lima, los canastos y canastas). Frente al altar, con el caldo que está en el molcajete se moja un trozo de tortilla que se coloca en cada herramienta, se simboliza así que se “da de comer” a las herramientas que ayudaron a realizar el trabajo. En esta celebración no debe faltar “el son del elote” que es la música tradicional propia de esta ofrenda. Con este son termina “la ofrenda del elote”. Los participantes de la ofrenda comen del caldo de pollo y después comienzan a rebanar los elotes para hacer los xamitl (tamales de elote tierno) que serán consumidos después junto a elotes asados o hervidos. Todas las personas involucradas comen y, al finalizar la ceremonia, se reparten todos los elotes cosechados.

            Después de los 90 días iniciales se dejan pasar otros 30 y ya está listo el maíz. Luego de que el maíz ya se ha secado lo suficiente, se cosecha y se desgrana;  una vez desgranado podemos procesar nuestro propio alimento. El maíz se nixtamaliza para poder hacer las tortillas, tamales, piques o bocoles. El maíz es un alimento único y existe para dar rienda suelta a la creatividad del huasteco que prepara zacahuil, bocoles, piques, enchiladas, matzo, chabacanes y atoles, además de las sabrosas tortillas. Incluso las familias más humildes tienen en su mesa siempre una tortilla. El huasteco siempre está orgulloso de sembrar su maíz que es la herencia que le dejaron los abuelos.

            Yo, Cha Carballo, originaria de Maguey Maguaquite perteneciente al municipio de Chicontepec, Veracruz, aprendí a nixtamalizar el maíz y a hacer tortillas a la edad de 9 años, lo aprendí con mi mamá Anatolia. De mi abuelita también aprendí algo sobre la cocina. El maíz desgranado se pone a hervir en agua con cal; hasta que se ablanda podemos decir que ya está listo el nixcon. Después, hay que lavar el nixtamal para molerlo en el molino de mano y obtener una masa que se vuelve a repasar en el metate para hacer las tortillas y cocerlas en un comal de barro. Cuando cocino me siento muy bien porque sé que voy a compartir con mis amigos y familiares lo que he preparado con maíz y eso me llena de orgullo. Como huasteca que soy, sé y promuevo el valor del maíz.

            El proyecto que se está realizando en el restaurante “Maíz de Cacao” ha sido algo increíble que no había pasado por mi mente y menos había imaginado que me diera tantas satisfacciones cada vez que las personas me dicen: ¡gracias! ¡muy rico! Nunca imaginé cocinar para las personas que viven en la Ciudad de México. El maíz es único y generoso porque nos dio la oportunidad de vivir esta experiencia que une al campo (Rancho Anatolia) con la ciudad (Maíz de Cacao); me dio la oportunidad de compartir los sabores de mi tierra, sabores que comparto con gusto.

            El trabajo que realizo con las mujeres de mi pueblo es satisfactorio porque nos apoyamos unas con otras; la vida del campo es difícil, respeto y quiero a mis compañeras del campo. Ellas escardan lo mismo que siembran y cosechan; ellas se encuentran contentas porque saben que tienen un sustento para sus familias. El valor del campo es inigualable porque el campo no puede parar de trabajar; si para, no habría de comer en la ciudad.

 ¡Viva el campo!

¡Viva el maíz que es nuestro alimento y nuestro futuro!

Retrato de la autora: Israel Gutiérrez

Foto: Marahí López Pineda

Por Marahí López Pineda

“¡Totopera, totopera!

Quema la mano el comixcal,

¡Totopera, totopera!

El totopo güero yo quiero saborear”

José Javier Morales

La variedad de tortillas que existen sólo es el reflejo de lo diversos que son los mundos del maíz. Hay tortillas elaboradas en máquinas que surten a las grandes urbes o las que se elaboran a mano, las tortillas tienen diferentes tamaños y alimentan a nuestros pueblos originarios, como el guetabiguii o totopo del Istmo de Tehuantepec.

El guetabiguii es una tostada de textura crujiente, forma circular y con pequeños orificios en su superficie; es cocido y deshidratado en un horno de barro que nombramos zukii o comixcal; esta olla de barro con el fondo hueco es confeccionada por los alfareros y, posteriormente, se fija con bloques de adobe y arenas para, posteriormente, sellarla con barro. Se prenden leños en el fondo de la olla y, con las brasas a la temperatura deseada, se cuecen -además de las tortillas del día- tamales, pescados, carne o diversos alimentos que forman parte de la dieta tradicional de la región; por su uso cotidiano, estos hornos son un elemento central de la cocina en los hogares del Istmo.

Para la elaboración del totopo se utiliza de forma tradicional el maíz endémico de la región, xhuba huini o zapalote chico, que se caracteriza por sus plantas pequeñas, mazorcas cortas y bajo número de hileras de granos semiharinosos, esta variedad de maíz se ha adaptado a las condiciones extremas de la región, resistiendo a vientos en invierno y calor y aridez en verano; además se cosecha de forma rápida, lo que permite obtener, por lo menos, dos cosechas al año.

De acuerdo con la historia oral de los binnizá, ante la necesidad de los antiguos de conservar sus alimentos durante más tiempo, transformaron el zapalote chico en guetabiguii, logrando mantener sus propiedades por periodos largos y así asegurar el consumo durante más tiempo.

Actualmente, en los mercados del Istmo, las totoperas venden su producto en diversos tamaños: desde 10 hasta 50 centímetros de diámetro, además se elaboran con y sin sal, de sabores como coco, frijol, semilla de calabaza, panela, epazote, ajonjolí, camarón, cacahuate, entre otras opciones más. Sin embargo, el Istmo de Tehuantepec pasó de ser una región que producía y vendía guetabiguii a comprar tortillas de máquina, disminuyendo el consumo del producto tradicional.

Las totoperas -mujeres que elaboran y venden el guetabiguii– ejercen uno de los oficios más antiguos en la región, siendo éste el sustento principal para las familias de muchas mujeres que aún hacen la tortilla para comercializarla en los mercados de los pueblos istmeños. Las niñas juegan con la masa de sus abuelas y madres mientras aprenden el oficio; ya más grandes, comienzan a participar en la elaboración del totopo, instruidas por las mujeres de su hogar, para que en un futuro ellas hereden la labor.

Desgraciadamente, la importancia del totopo -y todos los elementos que lo rodean- se han visto en peligro por diferentes motivos: la introducción de semillas ajenas a la región que utilizan los campos de cultivo donde antes se sembraba xhuba huini para cultivar productos como el sorgo y el pasto, la falta de reconocimiento a las mujeres que elaboran el producto porque la labor es vista como un trabajo que se hace cuando “no queda de otra” y el ocaso del oficio de alfarero que fabrica los zukii y de los cuales quedan pocos en la región; éstos son los principales aspectos que han afectado la permanencia de este producto en la dieta binnizá.

A pesar de ello, en la región se han creado varias organizaciones interesadas en la preservación y difusión del zapalote chico, así como grupos de totoperas de distintos pueblos del Istmo, que trabajan en conjunto para fortalecer al maíz y la resistencia local, luchando contra la introducción de maíces importados y sus derivados, tanto para cultivo como para alimentación; también buscan abrir diversos canales de comercialización que valoren el guetabiguii como un producto único, hecho por mujeres a partir de conocimientos milenarios y con un maíz endémico.

Si hay producción de zapalote chico, habrá elaboración y consumo de totopos, así como fabricación y venta de comixcales. Aunque haya sido históricamente marginado por las políticas públicas, la modernidad y el tiempo, el totopo y todo lo que rodea este producto ancestral de nuestro pueblo binnizá, se resiste a morir.

Retrato de la autora: Alexis Jiménez Añorve

Por Maruch Sántiz Gómez

La buena forma de alimentar a los menores es muy diferente y distinguible en cada comunidad, los alimentos de la naturaleza se cosechan en nuestros propios campos y en los huertos de las familias. Existe el arte de la mejor comida de los originarios mayas, para su fomento y conservación es necesario seguir directamente las instrucciones de las madres que cocinan en el fogón para sus hijos. Las cosechas de las plantas comestibles aportan al cuerpo sus vitaminas naturales. Lamentablemente, las comunidades mayas están sufriendo rápidos cambios alimenticios que ocasionan el empobrecimiento y el olvido de la sana nutrición tradicional de nuestros pueblos.

Retrato de la autora: Archivo personal

Foto: Gabriela Linares

Por Gabriela Linares Sosa

Enseñanza familiar

Nací hace más de 40 años en una familia campesina tradicional en la que, además, la tradición era tener muchos hijos. De siete hermanos yo fui la menor. Al nacer, mi madre enfermó y no pudo amamantarme por lo que me alimentaron con atole de masa de maíz. Cuando cumplí un año de edad, mi padre tuvo que migrar a los Estados Unidos porque quería darnos una vida mejor; de esta manera, mi madre se quedó sola, con siete hijos por criar. Nunca le pregunté pero supongo que tomar las riendas de la casa y del trabajo en el campo no ha de haber sido nada fácil, yo sólo recuerdo que siendo niños la acompañábamos a dejar la comida o a fertilizar las plantas de maíz, a traer leña, a cortar el chícharo y a la cosecha; luego  había que desgranar el maíz en casa o guardar la mazorca en el tapanco. Mi madre invertía hasta el último peso que mi padre ganaba en los Estados Unidos en el trabajo del campo, por lo tanto siempre había qué comer en casa, las cosechas eran abundantes, había suficiente para nuestro consumo y también para los animales de carga y los domésticos.

            Desde muy chicos nos inculcaron el cuidado de las semillas, no debíamos dejar los granos de maíz tirados en el piso, se recogían una vez que se había terminado de desgranar las mazorcas o de limpiar el frijol; cuando nos daba flojera y no lo recogíamos, mamá siempre nos contaba que en la época de la Revolución los abuelos no tenían qué comer, nos contaba que los cultivos fueron saqueados y el poquito maíz que se tenía se revolvía con el quiote del maguey para que rindiera; de esta manera, nos enseñó a cuidar y a no desperdiciar. En casa aprendí que el cultivo del maíz, del frijol y de la calabaza es muy importante para las familias campesinas, ellas saben que el futuro puede ser incierto ya sea por el temporal o alguna enfermedad familiar que pueda impedir el trabajo en el campo. Fueron 30 años en los que mi padre fue migrante y en los cuales no hubo un solo año en el que no sembrara el maíz y la milpa en nuestra casa, todo esto fue posible gracias al trabajo de mi madre y al esfuerzo de mi padre.

Alimentación cotidiana en la vida de las y los zapotecos de la sierra

Dentro de las actividades que se realizan en la organización a la que pertenezco,  las ferias de la milpa son muy importantes, se trata de espacios en los que se recrea la vida comunitaria, la vida que gira alrededor del maíz y la alimentación diaria de las comunidades. A lo largo de más de diez años he podido constatar in situ toda la diversidad no sólo en cultivos sino en las formas de preparación de los productos derivados del maíz y la milpa, de la parcela o el solar; este último es un espacio de trabajo autónomo 100% femenino. De esta manera, con el trabajo de las mujeres en la elaboración de los platillos típicos que podemos encontrar en cada feria y que se comparten a propios y extraños, se muestra la gran diversidad alimentaria que tienen las comunidades: la tortilla de maíz con plátano o la tortilla de maíz con yuca, las memelas de maíz amarillo con granos de frijol (a las que yo nombro jaguarcitos), las memelas de elote, el amarillo con papa, los chayotes y ejotes, el amarillo con pitiona, el chileatole, el amarillo-negro (sí, así como se lee, “amarillo-negro”, un tipo de mole elaborado con el olote de maíz quemado), el atole blanco, el atole con panela, el atole de maíz tostado, el pinole para las bodas (que no puede faltar acompañado de su atole con chocolate), el pozol (que le da fuerza a los campesinos para hacer el tequio, para quemar el rozo y para la siembra) y el chintexle (necesario para echar el taco de los señores que van al rancho a las labores del campo y que a veces se mezcla con pepita tostada). Además, hay que agregar la gran variedad de quelites como la  hierba mora, el quelite de venado, los riquísimos frijoles guisados con puntas de chayote, los chayotes cocidos dentro de la calabaza, acompañados de ricos y tiernos elotes que se ofrecen a los trabajadores que van a la cosecha o a desgranar maíz.

            La alimentación para los pueblos indígenas y campesinos no es sólo comer por comer, cada alimento tiene su temporalidad basada muchas veces en un sincretismo religioso donde sobresale la memoria gastronómica de nuestros antiguos. En septiembre, en las fiestas de San Miguel, con las abundantes lluvias, podemos disfrutar de las guías de calabaza, las flores de calabaza, los elotes y los ricos chapulines. En noviembre o fiesta de Todos Santos, se preparan los deliciosos dulces de calabaza y tejocote; también podemos encontrar los deliciosos tamales que van desde los de chepil o frijol hasta los preparados con carne y los muy exóticos tamales de pescado o de rana. En la Semana Santa, se disfruta el agua de chilacayota con panela y, para comer, hay chícharo seco de ceniza con nopales. Durante los meses de lluvia, abundan las frutas de la temporada como el durazno, la pera, los higos, las manzanas, las guayabas, las maravillosas tunas y el cuajilote (estos dos últimos son silvestres y se traen de la zona caliente) y ni qué decir de la diversidad de hongos comestibles que abundan en los bosques y que se comen asados con epazote y sal o en guisado amarillo, dependiendo de la especie de que se trate.

            La alimentación de los zapotecos, además de lo que producen en sus comunidades, se complementa con el intercambio comercial entre las micro-regiones de la sierra a través de los mercados regionales en donde se expenden una gran variedad de ricos productos de las distintas temporadas. Es posible hallar una gran diversidad de aguacates (aguacatillo, aguacate bola y el famoso chinene procedente de las zonas tropicales de la región), diferentes tipos de chayotes (blanco, verdes, con espinas, sin espinas, aguanosos, secos o el chayote-papa), varios tipos de chiles (el canario que se da en zonas frías, los chiles secos como el chile guajillo proveniente de Solaga en la tierra de los Bene Xhon, o el chile piquín de Yagalaxi en la zona tropical), un amplio abanico de  frutas y verduras como  los  plátanos de las comunidades Xidza (el 4 lomos, el dominico, el morado o el  de seda) u otros productos como el tepejilote o el cuajinicuil de la zona conocida  como el Rincón. Todos estos productos que existen en ciertas regiones se han intercambiado por muchas generaciones en los mercados o bien a través del comercio ambulatorio; por ejemplo, la venta del pescado bobo que se caracteriza por su gran tamaño y sabor peculiar, se realiza en Semana Santa y proviene de la comunidad de Yae, de Lachichina, o de Cuajé.

            La gran diversidad y agrobiodiversidad que habita en los territorios, en este caso zapotecos de los tres rincones Xidza, Leaj y Xhon, complementan la dieta de por sí ya rica y nutritiva de las comunidades que cultivan sus alimentos. Cuando compran lo que no tienen en sus regiones, tienen el privilegio de saber de dónde proceden e incluso pueden saber hasta el nombre de la persona que los ha sembrado.

            La alimentación zapoteca, así como la alimentación de los distintos pueblos de México, tiene un antepasado prehispánico el cual consta de un bagaje de conocimientos culinarios que han pasado de generación en generación hasta llegar a nuestros días. Hay un gran valor en el proceso de nixtamalización del maíz, en el conocimiento profundo de cada comida, de cada planta y de cada animal; gracias a  este bagaje heredado, los pueblos zapotecas conocen las propiedades de cada alimento, de sus naturalezas frías, calientes o templadas, pues así son clasificadas desde una cosmovisión indígena; hay alimentos que dan salud cuando nos alimentan y a los cuales se les puede cambiar su naturaleza inicial cuando se les adicionan condimentos como el cilantro de monte, la cebollina, la pimienta, la canela, entre muchas otras.

            Al hacer este recorrido de productos provenientes de las comunidades y que son parte fundamental de la alimentación serrana, intento reproducir en cada persona que pueda leer este documento esa memoria que se encuentra en cada uno de nosotras y nosotros y que hemos ido perdiendo. Muchos hemos salido a las ciudades y nuestro estilo de vida ha sido permeado por la forma de vida citadina, que incluye, entre muchos otros aspectos, otra forma de alimentación. La mayor parte de lo que consumimos son productos de los cuales no conocemos su forma de producción ni su procedencia, productos en su mayoría empaquetados, enlatados, con una serie de conservadores y que incluyen ingredientes transgénicos (manipulados genéticamente).

            En las ciudades se compra casi todo; en la comunidad si te hace falta tomate, cebolla, hierbas de olor o chiles, sólo es cuestión de salir a la parcela y cosecharlo. Si necesitas tomar un té, cortas la manzana, el tejocote, la manzanilla o la hierbabuena y te lo preparas. Existe un auge en las ciudades de la venta de productos orgánicos, lo que, dicho sea de paso, ha creado mercados y productos harto elitistas por lo caro de sus mercancías que solamente pueden ser adquiridos por personas con un cierto estatus económico; quienes no pueden hacerlo, no tienen otra opción más que consumir la basura de los súper mercados por ser mucho más baratos.

            Yo también he sido migrante y a cada lugar que voy llevo conmigo mis plantas y cuando me instalo en algún sitio trato de crear un pequeño huerto en el que me gusta sembrar hortalizas. Me gusta recrear el espacio de la parcela familiar, de la misma manera en la que los zapotecos de la sierra recreamos la comunidad y las formas de organización en cada sitio a donde vamos. Me gusta reconocer también a las personas que producen alimentos agroecológicos y que son accesibles, me gusta buscar mercaditos tradicionales o mercaditos agroecológicos de la bandita, iniciativas que también van en aumento en las ciudades, en donde se pueden comprar o incluso intercambiar diferentes productos. En estos espacios una se va reconociendo con otra gente y cuando eres clienta asidua hasta te dan tu pilón.

            Mi espacio laboral también es muy diverso, confluyen personas de distintas micro-regiones, confluimos en ideas, trabajos y conocimientos pero también creamos un espacio de compartencia de productos ricos y sanos de nuestras regiones o de nuestras parcelas. Así es como se reproduce la vida en las comunidades, en donde cualquier espacio es bastión para fomentar no solo una alimentación sana, sino también la siembra de nuestros propios alimentos. El cambio no vendrá desde arriba, vendrá desde cada parcela, desde cada solar, desde cada azotea o maceta, desde cualquier espacio donde sea posible recrear la vida.

Alimentación y pandemia: resiliencia comunitaria

Es casi obligado hablar de la alimentación en tiempos de pandemia en la región; el coronavirus llegó a las comunidades serranas sin esperarlo. El cierre de las comunidades buscando prevenir el contagio desnudó una situación que va en aumento en algunas comunidades, se trata de una situación producto de la migración forzada a las que han sido sometidas, la cada vez más escasa siembra de maíz y milpa y una alta dependencia de alimentos (principalmente chatarra) provenientes de la ciudad. Al aislarse, las comunidades hicieron importantes reflexiones al interior de sus asambleas comunitarias sobre los productos externos a los que sí se les permitiría entrar. Se priorizaron alimentos (leche, huevo, tomate, cebolla y hortalizas que no se producen dentro de la comunidad); los productos catalogados como no prioritarios y a los cuales se les impediría la entrada fueron principalmente los refrescos, los de la empresa Sabritas y lo de la empresa Bimbo. Sobre el gas se dijo que era mejor sustituirlo por leña; del pan, dijeron que solo se compraría el pan elaborado dentro de la comunidad; ante la falta de tortilla, las mujeres empezaron a hacer nuevamente sus propias tortillas; de las verduras como el tomate, miltomate y cebolla, se buscó realizar las compras únicamente con productores de la región. Durante los primeros meses de la pandemia, muchas personas volvieron a los campos a sembrar el maíz, el frijol, la calabaza, el chícharo, el trigo y por supuesto las hortalizas de ciclo corto. En contraste con el cierre de los mercados regionales, se crearon “mercaditos” locales en donde las mujeres vendían productos derivados de la milpa que de por si cultivaban, algunos de estos espacios se mantienen hasta ahora como es el caso de la comunidad de Guelatao que aglutina a productores locales y de comunidades vecinas.

            Por esas mismas fechas, se empezó a leer en los medios escritos que las comunidades no solo habían cerrado las puertas al COVID sino también a los productos chatarra, como lo hizo público la comunidad zapoteca de Yalalag y la comunidad mixe de Totontepec Villa de Morelos y, seguramente, muchas otras. Estas medidas se tomaron de manera más o menos paralela a la aprobación en el Congreso de Oaxaca de la llamada “Ley antichatarra” que prohíbe la venta de alimentos con alto contenido calórico y bebidas azucaradas a menores de edad, esta ley fue aprobada en agosto de 2020. Sin embargo, como ya se mencionó, las medidas comunitarias de rechazo a la comida chatarra tienen su razón de ser y se tomaron en el contexto de la pandemia por COVID-19. El reto que tienen las comunidades ahora es seguir manteniendo estas medidas de manera permanente, aún cuando la emergencia pase.

            Los largos tiempos de encierro nos enseñaron a mirar nuevamente al campo y a la parcela pero también a poner en práctica conocimientos propios o compartidos a través del trueque de saberes, estrategias para poder conservar los alimentos a través de conservas con productos locales como chiles, nopales, mermeladas, frutas deshidratadas, jugos naturales y la fermentación de bebidas. Todo esto es y ha sido la resiliencia comunitaria.

Retrato de la autora: Archivo personal

Por Rosalba Morales Bartolo

Soy una mujer purépecha. Soy hablante de la lengua purépecha y creo que eso es lo más grandioso que me ha ocurrido. Si volviera a nacer, volvería a ser purépecha. Desde mi niñez, sabía que era indígena, que era diferente a los demás y que existía un señalamiento hacia nuestra cultura. Con el tiempo me di cuenta de que en realidad es un orgullo, por eso no hay que negar las raíces.

            El pueblo al que pertenezco ha resistido por cientos de años, por ejemplo, cuando llegaron los españoles no fue tan fácil que nos sobajaran. Yo soy cocinera tradicional y en mi trabajo voy rescatando e innovando platillos que me enseñaron los abuelos. Mi papá me enseñó a pescar, mis abuelos me enseñaron a trabajar en el campo, a sembrar y a cosechar. Para mí, lo más importante es defender el maíz criollo.

            La demanda zapatista sobre la alimentación sigue vigente ya que ahora han comenzado a crear maíces transgénicos; ante esta situación una debe preguntarse ¿qué nos dejaron nuestros ancestros? Maíz, pero maíz criollo, maíz nativo. Hay que seguir cuidando nuestros maíces y volver así a nuestro origen. No podemos dejar que la urbanización nos gane y nos traiga una mala alimentación. ¡Basta! Ya no podemos esperar la respuesta de allá arriba. Propongo aquí algunas acciones.

Volvamos a nuestros traspatios.

Volver a nuestros traspatios es una forma efectiva de recuperar nuestra alimentación. Mi mamá me decía “si siembras milpa y nopal, con eso tienes cuatro ingredientes de nuestros ancestros y ya con eso puedes sobrevivir”,  de la siembra nos alimentamos y de ahí mismo también podemos curarnos el cuerpo; si tienes un cólico o algún molestar, en la siembra vas a encontrar también hierbas medicinales. Si sembramos, la alimentación depende de nosotros.

Sembrar y compartir en red.

Yo consumo los productos de mis vecinos, con ellos hacemos una red en mi propia comunidad pues todos tenemos nuestras siembras. Si no tienes tierra o parcela donde sembrar, puedes comenzar sembrando en macetas, ahí puedes cultivar hierbabuena o cualquier plantita y así poco a poco tendrás cultivos más variados.

Maestros del campo

Si hay maestros de historia, de leyes y de muchos otros temas, ¿por qué no tenemos maestros del campo? Hay que enseñarnos mutuamente a sembrar plantas y árboles para poder alimentarnos. Hay que comenzar con los niños en las escuelas y enseñarles que sólo cuando tengamos nuestra alimentación en nuestras manos, podremos tener resuelta la alimentación y la autonomía de nuestros pueblos.

Iarhata jatsiakukta

Asïpitarakuecha

ma kilu iarhata kurucha

ma irhakua ts’urupsï sesku janari

tanimu irhakua jitomati

ma sïni arhujtakata ajusï

ma xarhindikua sapirati kulantru

ma irhakua k’auasi chipo

Tsimani pare xarhipiti

tanimu litru itsi

eska xani p’iaraka itukua

Na untani

Itsï puruatanasïndi kasuila jimbo ka uekamanasïndi iamendu asïpitarakuecha tseputsi undurhikata, iarhatajtu kundamanasïndi ka itukua, puruantasïndi churhipuemba ka jurajkutani eska k’arhinguntaaka.

         Jatsiakukurhimasíndi ichuskuta jimbani jinoni sani k’auasï tsepundurhikata ka lima xarhipiti.

Tacos de Iarhata

Ingredientes

1 kg de hueva de pescado

1 cebolla mediana

2 jitomates

1 diente ajo

1 ramita de cilantro

1 de chile Perón

3 litros de agua

1 xoconostle

sal al gusto

Procedimiento El agua se pone a hervir en una cazuela con los ingredientes ya previamente picados, la hueva y la sal. Se deja en la lumbre hasta que el agua se consuma. Se sirve en taquitos con tortillas acompañados con salsa y lima agria.

(Si gusta reservar un lugar en la Cocina de Rosalba se puede comunicar al 4433631472)

Retrato de la autora: Archivo personal

Foto: Bernardo Pérez

Por Raquel Diego Díaz

La Tierra-Madre y el Mundo-Padre germinan vida, la vida habla en espiga y en jilote y la humanidad cosecha maíz o huitlacoche: un todo dentro, otorgan el sabor y el saber de la naturaleza viviente, invitan a atar y desatar los nudos para aprender y des-aprehender, multiplican las cosechas en alimentos y con ese lenguaje de vida ofrendan la palabra para caminar y trascender.

            Agradecemos a TZAM-13 semillas por invitarnos a compartir nuestra palabra desde este espacio vivencial que llamamos Moojkkaaky, nombrar un propio andar, mirar los retos y desafíos nos reafirma la vigencia y vitalidad que tiene la sabiduría ancestral de las mujeres y los hombres de maíz, nuestro presente nos dice que en la voluntad de cada uno de nosotros rebosa la magia de la cosmogonía del maíz, memoria pasada y visión de futuro son hoy el alimento presente para el cuerpo y el alma.

            Nuestras madres y padres nos decían que la vida implica abrir camino y transitarlos sería tan sagrado como la vida misma, nos dejaron la memoria en la palabra y el legado en el quehacer para que así las generaciones venideras no olvidemos la tríada vital tierra-trabajo-comunidad. Un alimento milenario nos acompaña en esta ruta, aquel mismo nos alimenta física y espiritualmente: el maíz. Con el maíz nos presentan ante la Naturaleza para ser gente y para hacer pueblo.

            De las entrañas de la tierra germinan nuestros alimentos y, al consumirlos, nutrimos savia y sangre al cuerpo físico y espiritual, al mismo tiempo que aflora la palabra sagrada dedicada a la tierra y a la vida; así vivimos los ciclos en tiempo y espacio, consagrando nuestra fortaleza en memoria y trabajo, generando además cultura desde el ser humano y el ser pueblo.

            Sembrar maíz y domesticar semillas comestibles dio paso al nacimiento de pueblos sedentarios sofisticando así cultura y trabajo, así nacieron los campos de cultivo, así se hormaron las herramientas de trabajo, barro y madera fueron moldeados como utensilios y domar el fuego posibilitó la cocción de los alimentos. El tejido comunitario se volvió urdimbre de aprendizaje permanente, no es casual entonces nombrarnos como mujeres y hombres de maíz.

            En aquellos pueblos de maíz, la ecología humana era menor a la totalidad de la vida natural, su florecimiento era tan sagrado como lo era la palabra que evocaba lo sublime que es la vida, los saberes se gestaban desde los sitios todos en que los humanos forjaban trabajo y sustento, la geografía era sagrada, el parentesco no sólo era lo reducido al humano sino que se extendía a los demás seres vivos, no eran excedentes los trabajos como tampoco excedente puede ser la humanidad hacia la naturaleza; la diversidad sumaba, no restaba.

            En la palabra sagrada también nos advirtieron que si optábamos por caminos contrarios a las leyes de la naturaleza, quebrantaríamos sigilosamente con nuestras propias vidas, así, los utensilios y herramientas volverían contra nosotros como almas feroces dispuestos a devorarnos y comenzaría entonces el autoexterminio; nosotros, en esa desobediencia, lanzaríamos los propios dardos a nuestros hijos y nuestra cobardía humana no tendría fin sino principio para mirar desde nuestros propios ojos y sentir desde nuestros propios corazones la poca consagración hacia la aplicación a la vida.

            En tiempos actuales y a ritmos acelerados, un sistema opresor, voraz y dominante nos ha demostrado la capacidad letal que tiene para aniquilarnos; ¿cuál es el camino nuestro ahora? Los pueblos nativos hemos sido objetos de estudios y objetos estudiables, desde los primeros encuentros agrestes de mundos opuestos sobrevivimos algunos, la evangelización no pudo con aquellos “algunos” que sobrevivieron a la conquista, pero estos hechos fueron mermando la autenticidad y la valentía que los ancestros tuvieron; entonces diseñaron armas biológicas para comernos en vida. Sutilmente abrimos la boca y fuimos triturando poco a poco y dulcemente esos venenos, así debilitamos nuestros cuerpos y almas. Hoy no hay tiempo, ni siquiera para susurrar al oído a nuestros abuelos y abuelas y preguntarles su valentía para no dejarse envolver como cosas obsequiables.   

            Hoy, el dinero no puede pagar el oxígeno que necesitamos respirar ni el agua que necesitamos beber, hoy morimos porque quisimos vivir contrarios a las leyes naturales que rigen la vida toda, hoy el miedo nos congela y nos enmudece, hoy cerramos nuestras bocas para no gritar ¡VIDA!, hoy nos cuesta aceptar que poco a poco fuimos legitimando nuestro propio veneno, pudimos no comer veneno dulce, rico y empaquetado y, sin embargo, desobedecimos. 

            Cuenta la leyenda que somos los jamás vencidos, ¿qué nos significa eso para estos tiempos? Desde siempre esta metáfora nos advirtió que como humanos no debíamos domar a la Naturaleza, toca ahora el tiempo de poda para regenerarnos, toca ahora vivir la abismal diferencia entre medicar un cuerpo y sanar una vida. Una sanación se puede forjar desde los alimentos porque alimentar es amar y amor es el lenguaje de la vida, así como comer es la comunión que condensa lo que sentimos, lo que somos, lo que creamos y compartimos. ¡No hay cocina sin milpa ni milpa sin comunidad, ni comunidad que no fluya al ritmo natural que dicta el tiempo y el espacio!

¿Moojkpäjk uk moojktsïkiny?

Yï et yï nääjxwii’nyït pyïktakpy y’ejxakpy amuum ja tajujky’äjt, yajkpy ja jää’wïn yajkpy ja nïjää’wïn, nyïwääpy nyïwitsypy ja wejïn ja kajïn, nyïyajkpy nyïtukpy ja tuu’nïn ja pëjkïn, kyaamyëjïp y’ukmëjïp ja ni’ipy ja këjy ja moojk ja tëëm. Nayï yï moojk nïtu’uk nïtu’uk xyïkjää’yjäjtëm nääjxwiiny nääjxkijxy, yë’ yïktawïntsë’ëjkïp yïktamëjjää’wïp ja jujky’äjtïn.

            Käjpxpoo’kxïn ëëts nmëëpy nkejxpy ja Tzam ku tnïway tnïwitsy yä’ät käjpxïn matyääjkïn. Tii ëëts npïktakpy n’ejxakpy Moojkkaaky ja wejïn ja kajïn tunkjëp’äm, nïjäwï yë’ ku ka’ tii nyïjyëxknï ku ka’ tii nyïmyaanyï ku amuumjoojt amuumwïnmää’ny tsyëkyïyï jïts nneejpëm nkojëm ja kë’m nëë’ ja kë’m tuu’, mëj jotmay pätp nïxem nïyäm sää ja pujxtë ja käjptë njäjtyïntë nkupejtyïntë nääjxwiiny’apïtsimykïity’äky.

            Jayëm ja mëjjää’y tjanïkäjpxtë tjanïmatyä’äktë ku ajäwï y’amääyï y’atukyï yï jujky’äjtïn, nayïte’n tëë ja’ mëj kajaa ja wejïn kajïn xtamay’äjtyïntë jïts atëm ka’ nyïkkutïkëë’yïntët ja tunk ja pëkk miti’ yïkjujky’ejtp ja amukkï jujky’äjtïn. Ku kää’yïn uujkïnkëjxp jaa atëm ja tajujky’äjt miti’ xwetsy’ejtëm amuumjoojt: ja Moojk. Kuuyïp nmii’nyëm nkaxi’ikxyëm yë’ xyïkjää’yjäjtëm nääjxwiiny nääjkijxy, yë’ yïktawïntsë’ëjkïnkäjpxp ja Et ja Nääjxwiiny jïts ja jää’y’äjtïn npääjtyëm jujky’äjtïn y’awïnkujky, nayï yï moojk nyïkëjxp’ajtpy ja amukkï jujky’äjtïn pujxkijxy käjpkijxy.

            Yï moojk miti’ atëm nkää’yïntëp n’uujkyïntëp nääjxjëtpy yë’ wyipy nääjxjëtpy yë’ myuxy, jïts yë’ts atëm nni’ijpy’äjtyïntëp, yë’ njujky’äjtïn’äjtyïntëp mää ntamïjää’wa’am ja Yïkjujky’äjtpï, yë’ yïktajujky’äjtp mää ja kää’yïn ja uujkïn tsyëëny, yë’ yïkmïjujky’äjtp mää ja tuu’nïn ja pëjkïn nyaxy japom japom, yë’ yïkyoxp ku ja Yïkjujky’äjtpï yïkkäjpxpëë’kxy yïkkajxä’äky ku tnïyaky ku tnïtuky ja tajujky’äjt miti’ xyïkjää’yjäjtëm miti’ xyïkkäjpjäjtëm.

            Moojknyïkëjxp yï käjpjää’y’äjtïn ojts wyipy myuxy, yë’ nyïtujk ja myïjawyeen neejpïn kojïn miti’ ja jää’y ojts wyïnmää’nymyë’ëyïyïtë ku twïn’ïxä’äktët ja tyuny ja pyiky, jate’n kyaxë’ëk’ukwää’n ja käm ja nääjx, ja këpëk ja tunpajt, ja akëë’ii’ny ja atuu’n’ii’ny, ja jëntunk ja jëntonk, ja kämtunk ja tëjktunk. Jate’n ojts xyïmumy ja wïnmää’ny jïts ku kyë’ët kyojt ja kää’yïn ja uujkïn. Jujky’äjtïnkëjxp tsyo’ojnjë’ëjk tsyoo’ntääjk yï amukkïtuu’nïn yï amukkïkäjpxïn. Jïts ïxäämpäät wä’äts nïjäwï y’itynyëm ku jyujky’ättë ja moojkjää’ytë.

            Jate’n y’uk mee’n y’uk pajt ja myïjawyeen pujxtë käjptë pën ojts tkutyuntë yï Et yï Nääjx ja y’ääw ja y’ayuujk, tum wejtääjk tum kajtääjk ijty yï jujky’äjtïn, mëj kajaa ijty ja nïjää’wïn, ejxkapy ejxany ijty yï Et yï Nääjx, mïku’uk ijty yï ujtstë yï jïyujktë, a’ekjxï ajäwï ijty ja tuu’nïn käjpxïn nyaxy, mëj’äjtïn ijty yïkjäwï ku tïkatsyjaty ja pujxtë käjptë jyujky’ättë ka’ ja’ ijty tsyepwïnmää’nyë ka’ ja tïkatsy’äjtïn ijty ttijy tuu’tujkïn.

            Nëmtëp ja majää’ytyëjk ja y’ääw ja y’ayuujk kuujïk nkajää’kyukkïkyïtääjkëm sää yï Et sää yï Nääjx nyëë’yë’ëy tyuu’yë’ëy jä’tptsïk ja et ja xëëw mää ja nkë’m pïktä’äky xnïpïtë’ëjkëm x’ejxmä’äjtëm xjää’ymyä’äjtëm jïts jïnëkx jïnëkx kyakëxt kyawä’ätst ja mää’yïn ja täjïn. Jate’n ts ja näjkykyutïkëyï ojts tsyoo’ntä’äky jaa’et ku ja pëk’ayojkïn wïnmää’y ojts myëjtä’äky mää yï meeny jïnkääp y’ana’mnï, ïxäämpäät ja’ yïkmïjujky’äjtp ja’apï ayoo’n wïnmää’ny. Nënp ja ayuujk ku tëë tyïkätskëxnï ku tëë namyïwejtsïtyïkyëjxïnï ja jujky’äjtïn käjpjkijxy, jate’n tyunyï jyatyï nääjxwiiny’apïtsimy, ja kutïkëë’yïn wïnmää’ny ïxäm mëjtäknïp.

            Ïxä’ätpï et ïxä’ätpï xëëw apïtsimy ja nääjxwii’nyït jää’y xpääjtyëm x’ijxyëm mëj kajaa ja mää’yïn ja täjïn, tii nëë’ tii tuu’ npëjkëm jïts mëjk nwïntanää’yëm jïts mëjk nkupojkëm amuum ja jujky’äjtïn. Jekyëp ja ayuujk jää’y pujxtë käjptë ïxpëjkpajt nyïk’ijxyïntë nyïkjää’wa’antë, jaayïp ku ojts nawyantuu’nïnkëjxp ka’ nyïkmïmajatääjkyïntë, jaayïp ku ojts mïpëjkïnkëjxp ka’ tu’ukyï npapijkyïntë, wïnets ts ojts jii’kxykyëjxp ja ta’o’ojk tpïktä’äktë pä’äk jëktsy jïts atsä’äy. Jaayïp ojts y’amutskï yï ääw joojt yï ne’kx kojpk. Tii tääy! Ka’ atëm npënna’am jïts mupäät nyïkwïnpejtëm ja et ja xëëw jïts ja ntääk’amëj ja nteety’amëj nyïktëë’ëm sutsoo ja’ ojts tmïtapyäättë jïts ka’ myïmajatä’äkïyïtët ja xetkwïnmää’ny.

            N’ijxyëm nkëë’yëm ïxäm ku ja meeny ja jïnkääp ka’ tpääty jïts ja xejy ja pujxky nkujuu’yëm, ïxäm jotkumonnï ja nmïku’uk nmïnawya’kxya’am pën ja yuuj ja pä’äm pääjtëyïtëp ejxëyïtëp, ïxäm ja tsë’ëkï ja jäwï atsu’ujkyï xyïkmoo’nëm xyïkpe’ejtsëm, ïxäm amënyï nkupijkyëm ja ajuux ja amots, ïxäm kakupikyëm njää’wa’am ku jii’kxyëjxp tëë nyïkwïnjuu’xna’am, enkyë tëë yïktsëyïtë ja ujtstëëm ja ujts’ääy, enkyë atsä’äy amëtsy ja jii’kxy tëë jyä’t’ukwänï, ¡enkyë enkyë pä’äk, jëktsy jïts atsä’äy!.

            Nënp ja ayuujk ¡kamaapyï jää’y atëm!, tii ja’ tyijpy ïxäm, ku ka’ mupäät ja jää’y tjëxt ja Et ja Nääjxwii’nyït ja jyää’wïn, ka’ap ja ja’ ttijy ku atëm nipën xkamïmajatääjkëm, kë’m atëm tëë nkupëk’ukwää’nyëm ja näjkykyutïkëyï, pätp ts ïxäm jïts nkuyja’ajtsëm ja ka’ëywïnmää’ny jïts nyïkxïmuu’mëm jatïkoojk ja jää’wïn mëët ja nïjää’wïn miti’ xjaakyïktsoojkïntëp. Njää’kyukïkyïtääjkëm jatïkoojk tii tyijpy tsëëy jïts tii tyijpy tsoojkïn. Nyïktsajkëm jïts nyïkjääma’am jatïkoojk yï nkää’yïn yï n’uujkïn, nïxem nïyäm nïtu’uk nïtu’uk ja mëj ja mutsk kë’m n’ëytyuu’nëm ja nkää’yïn ja n’uujkïn. A’ejxï ajäwï n’ëytyuu’nëm ja nkaaky ja ntojkx.

Retrato de la autora: Bernardo Pérez